Maggie Flannery, alumna de sexto grado en Manhattan, y sus dos padres presentaron síntomas de COVID-19. Al cabo de tres semanas, sus padres se recuperaron. Maggie también parecía estar mejorando, pero solo por un breve periodo antes de sufrir una recaída que la dejó debilitada.

“Sentía que tenía un elefante sentado en mi pecho”, narró Maggie. “Me costaba trabajo respirar profundamente; tenía náuseas todo el tiempo; estaba inapetente; me mareaba mucho cuando me ponía de pie o incluso cuando estaba recostada”. También experimentó dolor en las articulaciones y fatiga intensa.

A más de siete meses del inicio de la pandemia, se ha hecho cada vez más evidente que muchos pacientes, con síntomas tanto graves como leves, no se recuperan por completo. Estos “portadores de larga duración”, como se les ha llamado, siguen presentando una serie de síntomas, que incluyen agotamiento, mareos, dificultad para respirar y deficiencias cognitivas durante semanas o meses posteriores a la exposición

Al igual que Maggie, Chris Wilhelm, de 19 años, y sus padres se enfermaron más o menos al mismo tiempo. En su caso, fue en junio, cuando había mayor disponibilidad de pruebas virales. Los tres dieron positivo. Solo Chris, estudiante prometedor de segundo año en la Universidad Johns Hopkins y miembro de los equipos de campo traviesa y de atletismo, no mejoró.

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